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Sembrar maíz dentro de una academia de artes es, antes que cualquier otra cosa, una declaración de principios. El 25 de marzo de 2026, bajo el clima frío de Mineral del Monte, el grupo estudiantil “Los Famosos Artistas” lanzó una convocatoria atípica: no una obra ni una galería, sino cultivar una milpa en los terrenos del Instituto de Artes y con ello, sembrar de raíz una pregunta incómoda: “¿qué pretendemos representar en el arte?”

Lo que parece un simple huerto universitario es, en realidad, un laboratorio artístico transdisciplinario. Detrás de esta disrupción se encuentran Eduardo “Lalo”, Jordán “Zepol” y Emiliano “Lemur”, tres de los miembros de “Los Famosos Artistas”. Inspirados en los movimientos artísticos mexicanos disidentes posteriores al 68, rechazan la rigidez de los colectivos tradicionales para apostar por un entorno donde cada miembro aporta desde su individualidad sin tener que alinearse a una sola línea de pensamiento.

Para ellos, introducir el cultivo de alimento dentro de una institución de educación superior podría percibirse como un acto “rojillo”. Con este término, aluden a una postura de izquierda que recuerda a la tradición agrícola de las normales rurales, generando una disrupción que desafía el oficialismo de las aulas. 

Sin embargo, el origen de esta siembra tiene raíces más profundas, marcadas por el contexto territorial del grupo, pues comparten un rasgo vital: ninguno es de Pachuca; todos, incluyendo a los miembros ausentes, son ajenos a la metrópoli.

Ellos tres, por ejemplo, vienen de San Salvador, Atotonilco de Tula y Cuernavaca. Y es justamente en la región del Valle del Mezquital, conocida crudamente como una “zona de sacrificio”, donde Eduardo encontró el catalizador del proyecto. Su tierra natal abastece de alimento al centro del país, pero a costa de un precio ambiental y sanitario altísimo, regando las siembras con el caudal del Río Tula.

“Es incómodo estar en contacto con el olor del canal de aguas negras, sabiendo que con eso se riega lo que luego comemos”, relata Lalo, recordando cómo su abuelo cultivaba la tierra antes de que la prioridad del mercado fuera solo la producción masiva.

Esta reflexión sobre la explotación agrícola lo llevó a encontrar un paralelismo frustrante con su propia carrera. Así como la industria extrae y contamina en su tierra natal, Lalo siente que la academia artística les exige “denunciar hechos sociales” como un mero trámite de producción. “¿Por qué si vas a denunciar un hecho social lo haces desde el artificio y no haciendo algo real? ¿Es nada más para ganar una beca?”

Cultivar con sus propias manos es una respuesta directa a esa doble artificialidad. La milpa surge entonces como una forma de reivindicar su identidad periférica.

Así acuñaron el “Artequio”, nacido de la fusión entre el arte y el tequio (el tradicional trabajo comunitario indígena para el bien común), esta práctica transformó la milpa en un escenario orgánico. Aunque en un principio intentaron programar los Artequios en horarios específicos, la dinámica natural del espacio los rebasó. “La realidad es que el Artequio sucede cada que nosotros venimos aquí, cada que la gente se mete”, explica Eduardo. 

Jordan destaca la iniciativa de una compañera de Artes Visuales que busca hacer de los surcos “una redimensión de la museografía a la mexicana”, interviniendo hojas secas con pigmentos naturales para que el espectador descubra diferentes expresiones artísticas al adentrarse en el maizal. 

A Lalo le llamó la atención un suceso reciente, cuando un compañero le preguntó si podía “meterse a su milpa”, dando por hecho que el proyecto era propiedad exclusiva del grupo. Para Lalo, esa pregunta reveló algo más profundo que un simple malentendido. “¿Por qué una persona tiene que sentirse ajena al espacio en el que está todos los días?”, cuestiona. Sus compañeros coinciden: el terreno es de todos y basta con cuidarlo.

A cinco meses del día de la siembra, la milpa ha demostrado que el quehacer artístico y la agricultura tradicional comparten un mismo sustrato: la memoria oral y el convivio. Este conocimiento no surgió de la academia, sino de intendentes, “tlachiqueros” locales, familiares y campesinos de Santa Rosalía, cuyo bagaje permitió que la tierra diera frutos pese al clima de Mineral del Monte.

Al disolver el sentido de propiedad y devolvérselo a quienes lo habitan a diario, la necedad de estos estudiantes nos deja una cosecha que obliga a seguir cuestionando: ¿qué se pretende representar en el arte?

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