Crónica etnográfica desde el Valle de Tulancingo
Cada septiembre, cuando el maíz empieza a doblar la caña, Santa María Nativitas, Hidalgo, detiene su ritmo cotidiano para celebrar la Natividad de la Virgen María —aquí llamada, con ternura, la Divina Infantita—, patrona de un templo de piedra que data de 1689. Días de misas, cabalgatas, música y comida gratuita para cientos de personas convierten al atrio parroquial en el centro de la vida comunitaria, sostenido por meses de trabajo casi invisible de decenas de vecinos.
Un atrio con más de tres siglos de historia
El atrio de la parroquia, hoy ocupado por bandas, puestos de comida y juegos infantiles, fue trazado en 1689, cuando franciscanos y agustinos organizaban el territorio novohispano a partir de la iglesia y su atrio como eje de la vida comunitaria. Trescientos treinta y seis años después, el pueblo sigue reuniéndose en el mismo lugar. El padre Sergio Islas Islas, párroco actual, resume esa continuidad: la tradición “ya viene nata, viene en nuestro ser, en nuestra sangre”.
La advocación misma tiene una genealogía larga: la escena del nacimiento de María, ausente de los Evangelios canónicos, proviene del Protoevangelio de Santiago, texto cristiano del siglo II que narra la infancia de la Virgen y la espera de sus padres, Joaquín y Ana. De ese relato desciende la devoción que cada 8 de septiembre revive en Hidalgo. Dentro del templo, sobre el altar mayor, se monta cada año una pequeña cuna vestida de blanco y rodeada de flores: la cuna de la Divina Infantita, centro simbólico de la festividad.
“Trabajamos para Dios”: la organización invisible
Ninguna fiesta de esta magnitud se sostiene sola. El padre Sergio calcula que la preparación arranca más de cuatro meses antes, con reuniones, rifas y vendimias. “Todo lo que se ha ofrecido… es gratuito”, explica: comida y bandas para todos los visitantes, una economía del don que convierte a la comunidad entera en anfitriona.
Al frente de esa logística está Lorena Martínez Roldán, quien la noche antes de la entrevista había organizado la verbena y horas después ya estaba de pie para las mañanitas. “Trabajamos para Dios y todo el servicio que hacemos es para Dios. Por eso no se me hace pesado”, dice. Describe la organización como “un arte de convencimiento”: no hay jerarquía rígida ni presupuesto institucional, sino ministerios informales —comida, flores, limpieza, difusión— que dependen de la voluntad vecinal. Epifanía coordina a quienes cocinan; su hija y yerno fungen como padrinos.
Junto a Lorena trabaja Teresa Hernández, con seis años de servicio parroquial, quien nombra el desgaste que casi nadie ve: “A veces llegas a tu casa agotadísima… siento que estamos dando más un servicio a Dios que a las personas”. Guadalupe Arista resume su papel con sencillez: “le ayudo a Lorena… como echarle la mano”. Entre las tareas menores y monumentales: cerca de cien limones cortados y cincuenta kilos de tomate molido para las salsas de la comida gratuita.
La cabalgata: devoción a caballo
Cada año, jinetes de comunidades vecinas —Apapáxtla, Beristáin, el Encinal— recorren horas de terracería para llegar a la misa. Este año, Luis Roldán y Añano Padilla Torres, agricultores de Apapáxtla, hicieron cuatro horas a caballo, con banda incluida, para llegar “a la misa con el santito” antes de emprender el regreso, posiblemente bajo la lluvia. “Si nos agarra la lluvia, ya ni modo”, dice Luis con naturalidad.
Sobre el sentido de la cabalgata, responde sin solemnidad: “a divertirnos un rato, a desestresarse del trabajo… ya se está haciendo una tradición”. Luis tiene 40 años y apenas dos viniendo: protagoniza, en tiempo real, el nacimiento de una costumbre que desmiente la idea de que lo tradicional es siempre inmutable.
El atrio como punto de encuentro
Durante los días de fiesta, el atrio reúne generaciones bajo el mismo cielo: niños entre grupos de hombres con sombrero vaquero, señoras repartiendo comida junto a la fuente central, jóvenes acomodando mesas mientras la banda afina. La música lo acompaña todo —bandas de viento con los cabalgantes, mariachis que tocan Las Mañanitas al amanecer, y por la noche un castillo de fuegos artificiales que el padre Sergio describe como “fruto del trabajo… y de nuestro amor a Dios”. Hubo también jaripeo, al que Luis y Añano no alcanzaron a llegar por la distancia del regreso.
Isabel Ruiz llegó este año por primera vez a vender, junto a su hija, amigurumis de crochet que tejen juntas desde hace años; un pollito le toma media hora, un dinosaurio casi un día entero. Mientras la banda toca, ella teje a un lado: “para la hora que ya vienen, tengamos variedad”. Desde esa posición de observadora ofrece un testimonio revelador: “Se siente el ambiente tranquilo… la gente si viene, compra y te felicita… No ha habido ningún tipo de violencia… muy familiar. Todo muy tranquilo.” Pese a la presencia de “los varones de las cabalgatas”, ella permanece sin tensión: en un país donde la violencia suele ser noticia por defecto, aquí jinetes, familias y comerciantes conviven días enteros sin que la palabra “peligro” aparezca.
Una lección de cohesión comunitaria
Al preguntársele qué busca rescatar con la fiesta, el padre Sergio no habla de asistencia ni de ingresos: “La unidad. Hacer equipo. En un mundo tan dividido… nosotros tenemos que ser el signo de esa esperanza de comunión”. Esa frase se sostiene en las voces de quienes la hacen posible: Lorena repartiendo comida sin haber dormido, Teresa y Guadalupe “echando la mano” sin protagonismo, Luis y Añano cruzando horas de camino, Isabel tejiendo en medio del bullicio. Ninguno usa la palabra “cohesión social”; todos la practican.
Al cerrar, el padre Sergio pide que la tradición “se siga conservando”, que quien llegue después de él mantenga viva “esa alegría de conservar nuestra fe, nuestra tradición”. Año con año, en el atrio de piedra de 1689, Santa María Nativitas se reconoce a sí misma como pueblo: comiendo de la misma olla, cabalgando el mismo camino, cantando las mismas mañanitas.
Reportaje elaborado a partir de entrevistas realizadas en campo durante la fiesta patronal de la Divina Infantita, Santa María Nativitas, Hidalgo, 8 de septiembre de 2026.

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