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Por: Sydne Mariel Mendoza Mera

Existen fechas que pertenecen al calendario y otras que habitan en la conciencia de un país: el 2 de octubre de 1968 pertenece a la segunda categoría.Han transcurrido 58 años desde aquella tarde de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y, sin embargo, México continúa pronunciando una frase que ha sobrevivido a generaciones “El 2 de octubre no se olvida”, y es que no solamente es una consigna, es una forma de memoria colectiva y un recordatorio sobre la relación entre juventud, poder y libertad.

Este acontecimiento histórico es más que expedientes, fotografías, o hechos ocultos durante un largo periodo, es la reflexión profunda de porqué en la historia de la humanidad son los jóvenes quienes tantas veces han incomodado primero al poder.

Tal vez, es porque en esta etapa de la vida se comienza a descubrir que el mundo heredado no necesariamente es el mundo que debe conservarse y por ello su relación es tan particular con la autoridad; son los jóvenes quiénes cuestionan libremente, son los estudiantes quienes discuten jerarquías, contradicen certezas, desconfían de aquello que se presenta como inevitable, y si bien, ningún movimiento estudiantil constituye una conciencia única ni está exento de contradicciones, también es cierto que su capacidad de no aceptar automáticamente lo establecido conforma parte de su potencia histórica.

México lo comprobó apenas tres años después de Tlatelolco, nuevamente estudiantes de la UNAM y el IPN salieron a manifestarse en apoyo al movimiento universitario de Nuevo León, si bien reiteradamente el Estado dejaba el mensaje claro de que ocupar el espacio público tendría consecuencias, también la sociedad respondió con algo que ningún aparato represivo puede controlar, la sobrevivencia de la memoria histórica.

Aún cuando los movimientos posteriores cambiaron de causas, lenguajes y tecnologías, existe la resonancia de los jóvenes ingresando al espacio público con preguntas y demandas a quien construye la versión de la realidad pública. Si en 1968 fueron volantes, brigadas, mimeógrafos, asambleas y marchas; en 2012 fueron hashtags, teléfonos, videos y redes sociales, en 2014 la indignación social, volvió a colocar a los estudiantes y juventudes en las calles y convirtió los rostros y nombres de los 43 en parte de la memoria contemporánea de México, entonces, después de poco más de medio siglo recorrido resulta imposible no regresar a Tlatelolco.

No porque 1968, 1971, 2012 y 2014 sean lo mismo, no lo son, sus contextos, demandas, actores y consecuencias son profundamente distintos, pretender igualarlos borraría la particularidad de su historia, pero lo que los conecta es otra cosa, es la aparición de los jóvenes como interlocutores incómodos de su presente, cada generación mencionada es una dosis de poder irreverente bañada de juventud capaz de mirar a las instituciones antes de acostumbrarse a ellas; de preguntar por qué una norma existe, a quién beneficia una decisión, quién permanece fuera de una conversación o por qué aquello que parece imposible tendría que continuar siéndolo.

Y las juventudes han encontrado a través de la educación la fuerza de su voz, ideas y pensamiento crítico, comprendiendo que hacer ciudadanía también es tener herramientas para cuestionar el statu quo y transformarlo por vías democráticas, por ello es necesario que una sociedad aprenda a escuchar a sus jóvenes, no necesariamente se estará de acuerdo siempre, porque la discrepancia también educa, pero el ejercicio público del poder deberá siempre recordar que la represión no debe ser nunca el camino, posiblemente por ello seguimos diciendo que el 2 de octubre no se olvida, no para permanecer atrapados en 1968, sino precisamente para evitarlo, porque la memoria viva consiste también en permitir que esas heridas formulen preguntas al presente, dando la responsabilidad a todos como sociedad de permitir a nuestras juventudes levantar la mano y hacer preguntas sin pagar con la libertad, la desaparición o con su vida como en el pasado.

Y mientras una nueva generación sea capaz de mirar el mundo que recibió y atreverse a imaginar uno distinto, los movimientos como el de 1968 no serán historia sino memoria viva.

Esta columna la dedico a todas y todos mis estudiantes universitarios que he tenido el privilegio de conocer a través de la docencia. ¡Hasta pronto!

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