No quería llegar tarde y que la secretaria pasara su turno para el final de las consultas. Aceleró el andar e ingresó a la Institución, se persignó y pidió protección por lo que le pudiera pasar.
Salió del Sanatorio convencida de que todo había sido dicho y estaba claro, menos cómo decirlo; consideró que la vida ofrece alternativas para disfrutarla, sólo tenía que pisar sobre seguro y no adelantarse a prejuzgar posibles respuestas.
El viaje hasta su casa, en las afueras de Buenos Aires, le pareció interminable. Sentada en un asiento del colectivo pensó que el mes de agosto se había apiadado y concedía también, la posibilidad de ver florecer jazmines en los balcones.
Las palabras de su madre y hermano la habían conmovido, no se creía tan valiente, tampoco que había madurado como mujer, pero esas valoraciones le inyectaron la fuerza que le faltaba para continuar con la historia.
El sol de aquella mañana sellaba al cielo con la prestancia de una jornada que imaginaba especial, él sería en unos minutos el depositario de su tesoro.
Poco le importarían los comentarios chismosos de sus compañeros del Supermercado, y que con seguridad los habría. Sabía que la envidiaban desde el día que él le besó la mano cuando le dio el vuelto del pago. En aquel atardecer creyó morir, los ojos de él la habían desnudado, y el aliento había soplado junto a su mejilla como la caricia más deseada.
Tres veces por semana la pasaba a buscar después del trabajo. No faltaban el ramo de flores y el regalo importante. Juntos iban “al departamento del amor”.
Estaban frente a frente, ella había hablado y esperaba con una sonrisa el abrazo del hombre. Él estaba de pie junto a la mesa, la luz del atardecer le marcaba un rictus de furia.
— ¿Estás loca?- gritaba entre dientes, mientras con un brazo en alto y el puño amenazante, pretendió llegar al lado de la mujer, pero dio marcha atrás y golpeó descontrolado sobre la mesa.
_ ¿Cómo se te ocurre que te voy a creer?- le dio la espalda y continuó- y si fuera cierto: ¿pensás que voy a dejar a mi familia por una simple cajera?
Ella lo oía consternada, el sollozo había quedado atragantado y la burla a su amor la vencía. Creyó que era un sueño, que se había equivocado y que el hombre que vociferaba frente a ella no era él. En un instante, la mirada de la mujer quedó congelada en el ventanal, los vidrios le devolvieron una película de lo compartido, era una pedrada que la vida le había reservado.
_ ¿Vos decís que te miento?- preguntó- Sos un hijo de puta.
Ana había dejado su silencio y gritaba, temblaba por el amor que se transformaba, poco a poco, en dolor y odio. No esperó y sin girar la cabeza salió del departamento.
Fue en la mañana de aquel día inolvidable que conoció al tesoro con el que la vida la había premiado, y no le importó que la hubieran considerado una cosa, “porque los objetos, no son madres”, se dijo.
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