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El suicidio representa un importante problema de salud pública, no solo por la pérdida de una vida, sino también por el impacto emocional, social y familiar que deja en quienes rodean a la persona.

Con el propósito de generar conciencia sobre esta problemática, visibilizar su magnitud y promover estrategias de prevención, cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, impulsado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

De acuerdo con el último registro del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), incluido en la tabla de Defunciones registradas por suicidio se reportaron los siguientes casos:

En la Ciudad de México se registraron 425 suicidios: 369 por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación; 18 por disparo de arma de fuego; ocho por envenenamiento y 32 por otras causas.

En Puebla se contabilizaron 409 casos, de los cuales 350 correspondieron a ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación; 20 a disparo de arma de fuego; 23 a envenenamiento y 16 a otras causas.

En Tlaxcala se registraron 96 suicidios: 85 por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación; seis por disparo de arma de fuego; tres por envenenamiento y tres por otras causas.

Mientras que en Hidalgo se contabilizaron 164 casos: 141 por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación; 13 por disparo de arma de fuego; dos por envenenamiento y ocho por otras causas.

La OMS señala que existe una relación entre el comportamiento suicida y diversos factores, entre ellos algunos trastornos mentales, el consumo de sustancias, la impulsividad y dificultades económicas. Estas situaciones pueden verse agravadas por experiencias como violencia, abuso, pérdidas, aislamiento social o desastres naturales.

Sin embargo, la presencia de estos factores no significa que el suicidio sea inevitable. La prevención es posible y requiere identificar oportunamente las señales de alerta, fortalecer las redes de apoyo y facilitar el acceso a atención profesional.

Estas acciones requieren el acompañamiento de profesionales capacitados, así como una evaluación integral de cada situación, seguimiento y coordinación entre distintos sectores.

Una cinta que se convirtió en símbolo

La historia de las cintas amarillas está relacionada con el fallecimiento de Mike Emme, un joven estadounidense que murió por suicidio en 1994. Después de su muerte, familiares y amigos expresaron que no habían reconocido las señales de alerta que atravesaba.

Como una forma de mantener viva su memoria y brindar un mensaje de apoyo a quienes enfrentaban momentos difíciles, comenzaron a distribuir cintas amarillas acompañadas de mensajes de esperanza.

El color tenía además un significado especial para quienes lo conocieron: Mike había restaurado un Ford Mustang modelo 1968 de color amarillo, por lo que ese tono quedó ligado a su recuerdo.

Con el tiempo, la cinta amarilla se convirtió en un símbolo asociado con la prevención del suicidio y con la importancia de hablar, escuchar y pedir ayuda.

La prevención comienza también con algo tan sencillo como acercarse a una persona, escucharla sin juzgar y ayudarla a encontrar apoyo profesional cuando lo necesita.

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