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Por: Sydne Mariel Mendoza Mera

Esta mañana alguien despertó, miró su reloj y descubrió que había dormido seis horas con cuarenta y tres minutos, alguien más celebró haber alcanzado diez mil pasos, otro recibió una alerta porque su frecuencia cardiaca era inusualmente alta, todos estos datos pequeños, cotidianos, aparentemente inocentes. Cifras que consultamos mientras tomamos café y que olvidamos minutos después.

¿Pero qué ocurriría si algún día esos números fueran proyectados frente a un jurado para reconstruir nuestros últimos movimientos?
El juicio de Lindsay Clancy, la mujer de Massachusetts acusada de matar a sus tres hijos en enero de 2023, colocó frente a nosotros una discusión que trasciende la tragedia familiar y el debate sobre su responsabilidad penal. El caso terminó este 4 de septiembre en juicio nulo, después de siete días de deliberaciones, el jurado no consiguió alcanzar un veredicto unánime.

Pero entre psiquiatras, abogados y testimonios apareció un testigo particularmente extraño; un reloj. No había visto nada, no podía recordar una conversación, simplemente había estado allí, sujeto a una muñeca y registrando.

Vivimos rodeados de pequeños notarios digitales de nuestra existencia, el teléfono sabe cuándo lo utilizamos, las aplicaciones registran actividad, las fotografías pueden conservar metadatos, nuestros vehículos son cada vez más capaces de almacenar información; los relojes inteligentes contabilizan movimientos y determinados indicadores fisiológicos y vamos dejando detrás de nosotros una especie de polvo digital que, bajo determinadas circunstancias y procedimientos legales, puede ser recuperado y analizado.

La informática forense ha convertido esos rastros en una poderosa herramienta para reconstruir acontecimientos, puede ordenar cronologías, relacionar registros y contrastar determinadas declaraciones con información almacenada por los dispositivos, pero ¿hasta dónde puede llegar la interpretación de un dato?
Y es que existe una diferencia fundamental entre registrar y comprender, un reloj puede registrar una frecuencia cardiaca determinada, pero no sabe si una persona sentía miedo, angustia, cansancio o simplemente estaba realizando un esfuerzo físico. Puede contabilizar pasos, pero desconoce hacia dónde creía dirigirse quien los daba, un teléfono puede conservar una búsqueda, pero una búsqueda no constituye automáticamente una intención, puede registrar silencio digital, pero tampoco conoce su significado.

La máquina registra el hecho y el ser humano construye el relato, justo allí deberíamos ser particularmente cuidadosos, tenemos una tendencia creciente a conceder a los datos tecnológicos una especie de aura de infalibilidad, si una persona recuerda algo, dudamos de su memoria, pero si una máquina muestra una cifra, sentimos que estamos frente a la verdad.

Es necesario recordar que los datos también necesitan contexto, debemos conocer cómo fueron obtenidos, qué dispositivo los generó, qué mide realmente cada sensor, cuál es su margen de precisión y, sobre todo, qué conclusiones pueden legítimamente derivarse de ellos y el caso Clancy lo demuestra de una manera particularmente dolorosa.

El gran dilema jurídico no era simplemente determinar qué había ocurrido, la discusión central era otra: podemos saber cada vez más sobre lo que hizo un cuerpo y seguir sin saber qué ocurría dentro de una mente.

Durante siglos, los tribunales aprendieron a valorar testimonios, documentos, huellas, armas, fotografías y posteriormente ADN, ahora deberán aprender también a convivir con una generación de evidencias que nosotros mismos producimos permanentemente, nuestros cuerpos comienzan a tener una biografía digital y esa biografía puede sobrevivir incluso a nuestros recuerdos.

Por eso no es posible reducir la conversación a si los dispositivos son buenos o malos; gracias a la tecnología pueden esclarecerse delitos, corroborarse testimonios, localizar personas y reconstruirse acontecimientos que de otra manera permanecerían ocultos, pero qué sabemos realmente cuando sabemos los datos.

George Orwell imaginó un futuro en el que el poder necesitaría instalar cámaras para observarnos, nuestro tiempo ha construido algo bastante más sofisticado; compramos voluntariamente los dispositivos, aceptamos que registren nuestros hábitos, los cargamos cada noche y volvemos a colocarlos sobre nuestro cuerpo cada mañana.

Nos dicen cuánto caminamos, cuánto dormimos, cómo late nuestro corazón y algún día, quizá, alguien podría pedirles que cuenten nuestra historia, nuestros dispositivos pueden recordar perfectamente qué hicimos pero aún somos nosotros quienes debemos decidir qué significa. ¡Hasta pronto!

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