Por: Sydne Mariel Mendoza Mera
En Wall Street abundan los animales; lobos, tiburones y toros… criaturas asociadas con la fuerza, la agresividad y el instinto para conquistar territorios, cuando estos atributos pertenecen a un hombre, suelen alimentar su leyenda, sin embargo, cuando una mujer demuestra la misma habilidad para moverse en el entono económico y el poder, el lenguaje cambia de reino, deja de ser animal admirado para convertirse en criatura temida, por poner un ejemplo, a Hetty Green no la llamaron loba, la llamaron bruja.
Henrietta Howland Robinson Green nació en Massachusetts, Estados Unidos de Norteamérica, en 1834, dentro de una próspera familia dedicada a la industria ballenera, desde niña aprendió a leer informes financieros, revisar cuentas y comprender el movimiento de los mercados. Henrietta recibió una herencia considerable, pero su relevancia no consistió en poseer dinero sino en saber conservarlo, multiplicarlo y administrarlo en una época en que las mujeres apenas podían disponer legalmente de sus propios bienes.
Hetty invirtió en bonos, ferrocarriles, hipotecas y bienes raíces, compraba activos cuando su precio caía y otros inversionistas huían, ella esperaba con paciencia y vendía cuando el mercado volvía a buscarlos, mantuvo reservas de efectivo, evitó endeudarse de manera desmedida y observó con desconfianza la euforia especulativa, en la actualidad reconoceríamos en esas decisiones algunos principios de la inversión en valor, pero en aquella época su talento financiero quedó sepultado bajo relatos acerca de su vestimenta, su austeridad y su carácter implacable, llamándola la “Bruja de Wall Street”.
Vale la pena detenerse en el apodo, porque las palabras no son accesorios inocentes de la historia, también distribuyen prestigio o castigo, los hombres que levantaron fortunas durante la llamada “Edad Dorada” estadounidense fueron presentados como magnates, titanes o capitanes de la industria, aún cuando muchos de ellos recurrieron a la especulación, los monopolios y prácticas de dudosa ética. A Hetty, en cambio, no se concedió la imagen de poder equivalente, la prensa y la presión social de su tiempo convirtió su ropa, su apariencia y su falta de interés por la vida social en pruebas de una supuesta deformidad moral.
No bastó con criticar sus decisiones, había que volverla desagradable, su vestido negro fue transformado en disfraz; la frugalidad, en avaricia patológica; la firmeza en crueldad y su conocimiento de las finanzas en una especie de arte oscuro, la palabra “bruja” condensaba una antigua advertencia: esto es lo que ocurre con las mujeres que saben demasiado, que acumulan poder y que dejan de preocuparse por resultar amables.
Es cierto que en torno a Henrietta existen episodios polémicos, litigios familiares y testimonios sobre una austeridad llevada al extremo, si bien, rescatarla de la caricatura no exige canonizarla, lo importante del ejemplo es poder preguntarnos por qué los defectos de los hombres poderosos forman parte de su leyenda, mientras que los de una mujer se emplean para invalidar por completo su inteligencia.
La actuación de esta mujer durante la crisis financiera de 1907 ayuda a dimensionar aquello que su imagen pública ocultó, mientras bancos e inversionistas enfrentaban una severa crisis de liquidez, ella disponía de efectivo porque había previsto el peligro económico y se había preparado; fue prestamista de varios empresarios y de la propia ciudad de Nueva York y la mujer que era descrita como una anomalía en el sistema terminó actuando prácticamente como salvadora económica cuando el sistema bancario ya no tenía capacidad de respuesta.
Más de un siglo después, el mecanismo no ha desaparecido del todo, en muchas ocasiones la intensión disciplinaria permanece, a la mujer que ejerce autoridad se le llama mandona; a la que aspira a crecer, ambiciosa; a la que negocia con firmeza, difícil; la que diseña una estrategia, calculadora; a la que expresa seguridad, arrogante o sobrada, en la política, en la empresa, la academia, el arte o el servicio público, su éxito continúa sometido a interrogatorios que rara vez enfrentan los hombres. Cómo se viste, quién la ayuda, con quién se relaciona son cuestionamientos que se continúan relacionando mayoritariamente con las mujeres y antes de reconocer su trabajo, se examina su cuerpo, antes de analizar sus resultados, se juzga su carácter, y cuando resulta imposible negar su capacidad, todavía queda el recurso de convertirla en una mujer antipática, es la vieja trampa que obliga a elegir entre competencia y aceptación porque si es cálida se duda de su autoridad y si es firme se le retira la simpatía.
Hetty Green murió en 1916 como una de las mujeres más ricas y con una gran comprensión de los mercados financieros de su tiempo, pero la memoria popular la recuerda mejor como la Bruja de Wall Street y aunque no se requiere llamarla loba como símbolo masculino que refiera ferocidad para mostrar su poder, sí es necesario preguntarnos por qué cuando un hombre domina los mercados construimos una leyenda y cuando una mujer hace lo mismo buscamos algo que minimice su logro.
Un avance simbólico es que después de un siglo, en 2017 apareció en Wall Street una niña de bronce con vestido sencillo y coleta al viento, con las manos apoyadas en la cintura y la mirada levantada hacia un animal imponente, esta obra denominada “Fearless Girl” desafía aún en la actualidad a la bolsa de Nueva York una de las instituciones históricas del poder financiero, no huye, no baja la mirada y tampoco pide permiso para estar allí. En un siglo han cambiado las leyes, la ropa, los mercados, pero las mujeres poderosas aún deben defenderse de relatos que convierten su autoridad en defecto, recuperar a Hetty Green del olvido es reconocer liderazgos, autonomía y talentos femeninos excepcionales que han ocupado espacios de poder. ¡Hasta pronto!
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